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Los Relatos De Gatita

  • Es duro encontrar un relato propio en otra página, publicado con otro nick. Peor es encontrarlo en un blog de fotolog, en la que la plagiadora, una tal Jonas-Ruless, reemplaza los nombres de mis protagonistas y los sustituye por los de los Jonas Brothers. Pero lo que realmente más me dolió fue un post de la susodicha en el que agradece los  comentarios de sus lectoras, y añade que ya tienen el siguiente capítulo, que se ha esforzado mucho en tenerlo pronto y que no ha dormido apenas para poder escribirlo. Increíble.

  • Pero aún no he llegado a lo peor. El colmo de la desfachatez. Ya no es sólo plagiar mis cinco capítulos de “el Salvaje”, cambiarles los nicks por el de los personajes de Crepúsculo y publicarlos en Fanfic.net. Además de eso, el plagiador/a se ha registrado con mi propio nick, me ha robado la identidad, se comunica e interactúa con sus lectores como si fuera yo –algunos me conocían de antemano a causa de este blog y mis publicaciones en Todorelatos- y, para más inri, comenta literalmente:

  • “Adaptación de una historia original. Los personajes son de SM (Stephenie Meyer) la historia es mía. Hace tiempo se me comunicó que había un plagio de otra de mis historias en este sitio… Si quieren adaptar alguna historia mía pídanme permiso, si los concedo la mayoría de las veces. La historia tiene 5 capítulos, nos vemos en el segundo”.

  • El disgusto producido pasa a ser desánimo cuando el webmaster de la página de Fanfic.net hace caso omiso a mis protestas y cuando mis comentarios en mi propio relato reivindicando el robo de mi historia y de mi identidad caen también en saco roto.

  • Para mí escribir puede ser placentero, pero no es nada fácil. En primer lugar, hay que pensar la historia, seguidamente empleo mucho tiempo en una labor extensa de investigación para ambientarla convenientemente y que sea convincente. El proceso de escribir requiere perder horas de sueño, en muchos casos es doloroso como un parto… como dijo el cantautor: “dejo sangre en el papel… y cada verso es un jirón de piel”.

  • Las tres aspirantes a formar parte del exclusivo Club B. People ya se habían despojado de su ropa y se habían quedado en ropa interior. Su misión era ordeñar con la boca a cualquiera de los socios invitados a la fiesta. Portaban una copa en la mano, en la que escupir el semen, para luego vaciarlo en la cubeta que llevara su nombre. La música electrónica sonaba a todo volumen, marcando el ritmo frenético de las mamadas, mientras los de alrededor jaleaban vociferando: “¡Chupa, zorra, chupa! ¡Chupa, zorra, chupa!”

  • Muchos tíos desabrochaban el botón y bajaban la cremallera de su pantalón -mostrando el ribete del boxer forzosamente de marca, con el logo de Calvin Klein, Armani o Damp;G- como señal de que estaban disponibles para contribuir a la donación de leche de las candidatas. Obviamente la ganadora sería aquella que acumulara más semen en su cubeta.

  • Mi amiga Julia y yo echamos un vistazo a las candidatas. Las otras dos chicas son bonitas, tienen un cuerpo esbelto, pero Linda destaca entre ellas como luciérnaga entre polillas. No es sólo su bello rostro, o el tanga negro minúsculo que deja al descubierto sus perfectas nalgas, o su cintura de avispa, o sus pechos rotundos embutidos en el Victoria’s Secret de encaje… Es su forma seductora de mirar, entornando los ojos felinos; es el guiño tentador que hace cuando se retira un mechón de cabello oscuro del rostro, abriendo los labios carnosos, mostrando casi imperceptiblemente la punta de la lengua que los acaricia.

  • Desde la barra compruebo que Linda es tan bella como astuta. Las otras dos concursantes se dedican a mamársela a los hombres más atractivos del club que ofrecen sus pollas. Linda rechaza a los guapos y se afana en hacer las mamadas a los jóvenes imberbes menos agraciados, ya que sabe que esos chavalillos están poco habituados a tener la polla entre los labios de una preciosa y experimentada chica, así que se corren al poco de metérsela en la boca.

  • Pasa el tiempo, la fiesta continúa, la música retumba machacona. Muchos ya han dejado de ver el espectáculo de las felaciones y bailan en la pista; otros están follando en los reservados, otros se meten rayas de coca en el servicio. Se sucede una corriente de bandejas que salen cargadas de copas y cócteles de la barra del bar y vuelven llenas de vasos vacíos. Las aspirantes ya han perdido la cuenta de las pollas que llevan ordeñadas. Entre mamada y mamada, todas se llevan las manos a las mejillas doloridas de tanto succionar. A estas alturas, la ventaja de Linda es evidente. El nivel de volumen de semen en su cubeta supera con diferencia al de las otras dos.

  • La música se interrumpe. La prueba ha finalizado. Observo a los prestigiosos socios fundadores del Club B. People que bajan las escaleras desde la sala VIP, donde a través de grandes pantallas observan todo lo que ocurre en la sala disco. Ellos son la élite, nunca tuvieron que superar prueba alguna para entrar a formar parte de su sociedad. Ellos son el Club.

  • -Un merecido aplauso también para las otras dos participantes, y vosotras no os desaniméis, muchachas –comenta la barbie hablando por el micro-, este resultado no es concluyente; el examen no ha hecho más que empezar. Damas, caballeros, presten atención, por favor… La siguiente prueba es bastante más rápida y mucho más sabrosa. Chicas, tenéis tres minutos para ingerir toda la leche que habéis logrado ordeñar, sin derramar ni una gota… Preparadas, listas… Pues venga, a tragar semen a partir de… ¡Ya!

  • Una de ellas se debate contra las arcadas y no consigue tomar más que los primeros sorbos antes de rendirse por las náuseas. La otra traga la lefa con los ojos cerrados, con cara de asco, pero no desiste en su empeño. Linda, sin embargo, toma la cubeta con ambas manos y, como si se tratara de la mejor nata, engulle el semen con pretendida glotonería hasta vaciar el recipiente, provocando la euforia del público al rebañar con los dedos los restos y lamerlos con fruición.

  • Al ver ese último gesto, Julia parpadea. Supongo que recuerda cuando Lynn era Linda, cuando las dos eran novias… cuando a Linda le encantaba que Julia lamiera la nata de sus dedos. Hace tanto de eso… Julia me contó que ambas trabajaban en una hamburguesería en el centro comercial. De vez en cuando Linda preparaba un helado Sandy, dejaba un resto entre sus dedos y, antes de servirlo, acudía a la cocina para que Julia lo lamiera, colocando sus dedos como si fueran piernas y las gotas de nata en el medio. Era tan excitante… era  la señal de que su madre no iba a pasar la noche en casa… era el preludio de una intensa noche de ardientes lamidas en otras natas más dulces.

  • Julia amaba a Linda, cuando Linda aún no era Lynn. La Linda de entonces era una adolescente rellenita, usaba gafas, tenía los dientes torcidos y contaba chistes increíblemente malos, aunque Julia acababa llorando de la risa al oír sus carcajadas contagiosas. Linda era todo para Julia. Era su razón de despertar cada mañana, era la sal de la tierra, la chispa de la vida en el bote de Coca-Cola, la salsa barbacoa en las chips Deluxe, el corazón de chocolate de los tronquitos helados… Era su vida.

  • A Julia no le gustaba la madre de Linda. La consideraba una mujer egoísta, bella y fría como una víbora. Una ludópata que siempre se quejaba de no tener dinero, endeudada hasta las cejas, incapaz de mantener con dignidad a su hija, la cual tuvo que abandonar los estudios y ponerse a trabajar para tratar de subsistir y mantener el vicio de su madre. “Será sólo un tiempito, cariño, seguro que en nada tengo una buena racha y nos damos la gran vida”. Y el dinero que ganaba la muchacha se perdía siguiendo a la bolita que rodaba en la ruleta del casino.

  • “La gran vida” obsesionaba a Linda. En la hamburguesería Linda se crispaba cuando veía llegar al grupo de pijos de la zona norte de la ciudad, los mismos que, emulando a los niños ricos americanos, habían fundado la fraternidad Beta-People -que con el paso de los años pasó a ser el actual Club B.People-. La chica les atendía correctamente, pero en cuanto se alejaban para sentarse tras conseguir su pedido, empezaba con la misma retahíla de siempre:

  • -Seguro que una de esas minifaldas valen más que lo que cobro yo en tres meses  currando como una negra. Y no digamos los perfumes que se gastan. Míralos, qué asco dan… Se tiran la gran vida sin hacer nada… Son superficiales, vacíos, tíos cachas y niñas bonitas, pijos de mierda, zorras que sólo piensan en su físico y en qué manera van a malgastar el dinero de sus padres ricachones… Les odio…

  • La razón de su profundo odio no tenía un motivo concreto. Los pijos de la zona norte nunca la habían insultado o tratado con desprecio. Simplemente la ignoraban. Ni se fijaban en ella. Linda era un ente invisible con uniforme a rayas que servía y cobraba sus menús.

  • Cualquier cosa, fuese lo que fuese… como comerle la polla a un montón de tíos, siendo lesbiana, y después beberse un cubo de semen. De todas formas no es la primera polla que ha tenido que chupar para conseguir lo que desea. Se inició en ello poco tiempo después de que su madre se casara. Sí, la suerte de su madre cambió, y no por tener una buena racha en la ruleta, sino porque conoció en el casino a un viejo cabrón forrado de pasta con el que acabó contrayendo matrimonio. “Venga, cariño, esta noche salgo un ratito, hazle compañía a papi… Ya sabes, sé complaciente con él…”

  • “Hagan juego… No va más… siete rojo… siete rojo, señores…”. La madre perdía el dinero del viejo; papi manoseaba las tetas de la jovencita hasta que se empalmaba y ella le hacía una mamada; Linda era, pues, complaciente y conseguía la ortodoncia, la liposucción, el aumento de senos, el contorno de pómulos, el relleno labial y hermosos vestidos, bolsos, zapatos y complementos –carísimos, de primeras marcas- aumentando la posibilidad de recibir una invitación para aspirar a formar parte del Club de la Beautiful People. Y así, todos contentos.

  • Todos contentos menos Julia. Cuando Linda se mudó a la zona norte, sé que mi pobre amiga Julia quedó sin sal y sin vida. Pasaron los años y Linda se convirtió en Lynn. Sus dientes torcidos se enderezaban y su interior se retorcía. Pasaron los años y Julia sin Linda era como Coca-cola desventada, como patata frita sin salsa, como tronco helado sin chocolate en el corazón.

  • Hoy se han vuelto a encontrar cara a cara después de tanto tiempo. Linda la ha reconocido, aunque la ha mirado sin verla: Julia es ahora un ente invisible con uniforme que sirve y recoge copas con una bandeja en la mano. En este mundillo nadie se fija en nosotras. Julia y yo somos simplemente las camareras.

  • Le doy un toque a Julia, que está ensimismada. Me pasa la nota de un pedido y me dispongo a poner las copas. El ambiente está más relajado: la siguiente prueba se efectuará en uno de los saloncitos privados VIP, ya que consiste en comerle el coño por turnos a la barbie presidenta del Club, que decidirá quién lo hace mejor.

  • En esa prueba sé que Julia apostaría todo lo que posee a favor de su ex novia. “Debería ducharme antes, huelo a hamburguesa y fritanga, cariño…” “Mmmmm… Julia… entonces estás para comerte… ñam, ñam…, sólo necesito ponerte un poquito de salsa, un poquito de mi saliva en tus labios, en tu piel, en tus pezones, otro poquito más de salivita en tu coñito lindo, que creo que ya está condimentado con su jugo natural, sabroso, mmmm, con el hambre que te tengo…”

  • Y Linda encendía el deseo de Julia sazonándolo con la miel de su boca, saboreando sus pezones al dente. Se deleitaba espolvoreando caricias en los pliegues secretos,  desgajando suspiros, desgranando placeres, moliendo con sus dientes delicias exquisitas… Mezclaba con paciencia exasperante todos los ingredientes y batía con su lengua poderosa las claras de la lujuria a punto de nieve. Y Julia… Julia se inflamaba y  ardía como azúcar quemado. Su coño era caramelo líquido en boca de golosa compulsiva, que lamía con gula hasta saciar el deseo de su chica, que se corría retorciéndose sin aliento.

  • Sí, Julia me contó eso y más, mucho más. Cuando la conocí me confesó cuánto la amó y cómo le rompió el corazón cuando la abandonó. Debí confortarla sin pasar de ahí; debí ser sólo amiga, sólo compañera de piso, y no empezar una relación basada en la búsqueda desesperada de consuelo por su parte. Me vi tratando de suplir las caricias perdidas por las mías, sabiendo que fracasaba en mi empeño de sustituir lo insustituible. Bueno, ¿y qué más da? Para mí es sólo sexo. Muy buen sexo. Pero sólo eso, ¿no? Venga… ¿A quién voy a engañar?  No debí implicarme emocionalmente, no debí sentir… ¿Quién me manda a mí enamorarme? ¿Es que acaso soy idiota? Claro que soy idiota, porque después de tanto tiempo sigo fracasando en mi puto empeño que conseguir que me ame como ella amó a Linda, tanto como yo la amo a ella, porque Julia se ha convertido en la sal de mi vida pero yo nunca seré la sal de la suya. La sal siempre fue otra, y su sombra siempre está ahí.

  • Cuando las otras dos aspirantes son informadas de la índole de la última prueba, -requisito indispensable para ser elegida- renuncian a seguir participando aparentemente escandalizadas, aunque yo aseguraría que más bien se retiran enojadas y desanimadas por la ventaja y la superioridad que demuestra su rival. Lynn se presta gustosa a cumplir el último ritual, eufórica por haberlo conseguido. Ya es prácticamente una B. People. En la tarima desabrocha su sujetador y lo lanza hacia el grupo numeroso que aplaude y vocifera. Otro clamor estalla al lanzar sus braguitas tanga.

  • Trato de respirar hondo, tragar el nudo que me sube por la garganta, someter esta angustia que, si me vence, va a hacer que estalle en sollozos ridículos. Pero, ¿qué coño me pasa? Yo soy una tía dura, nadie nunca me ha visto llorar. Diossss… No,  no puedo seguir así, engañándome a mí misma y tratando de no sentir lo que siento. No suelo rendirme, puedo darlo todo en la carrera, pero ni siquiera yo apostaría por mí misma, porque soy caballo perdedor… más bien yegua perdedora ante el recuerdo de una pura sangre contra la que no puedo competir. Todo esto ha sido como una prueba para mí, una dura prueba para que no tenga más remedio que admitir que estoy enamorada; lo estoy, hasta lo más profundo de mi ser… Pero he de aceptar también que Julia nunca será mía. Por eso tengo que alejarme.

  • En la tarima, Lynn se arrodilla y gatea con elegancia felina hacia el centro, inclina la cabeza, eleva las caderas, se lleva las manos a las nalgas y las abre, ofreciendo su prieto orificio anal a disposición de cualquier miembro del Club interesado en penetrarla, con la polla o con los diversos dildos que enarbolan muchas de las chicas y otros tantos chicos. Una de ellas empieza a dilatarle el ano con un plug de gelatina embadurnado de lubricante, antes de que la aborde la horda lasciva.

  • -Sí, la selva… así están todos, como locos, borrachos, vomitando… o follando unos con otros como monos en celo –No quiero preguntarle cómo está, cómo se siente. Sería incapaz de soportar que se derrumbara por una tía que no vale la pena.

  • -¿Sabes una cosa? –me confiesa-. Creo que encontrarme con Lynn esta noche ha sido una especie de prueba para mí, una prueba que he superado. Esa chica no es Linda. Me he dado cuenta de que no sólo dejó de serlo el día que me dejó, sino que nunca lo fue. La Linda que yo amaba no existe. Dudo que haya existido alguna vez. Pensé que verla hoy aquí, y así, iba a hacerme sentir dolida o triste o enfadada o resentida o mortificada o… vete a saber qué… Pero lo único que siento por ella es… lástima. Sólo lástima. Es una pena… Mírales a todos… Son jóvenes, guapos, ricos… Y aquí están, noche tras noche poniéndose hasta el culo de alcohol y drogas, volcándose ebrios a relaciones sexuales sin sentido. Mírala a ella…

  • Miro a Lynn. Dos tíos le practican una doble penetración mientras un tercero que se pajea acaba corriéndose sobre su cara. El que la sodomiza se retira y eyacula sobre sus nalgas. El otro sigue incitándola a cabalgarle. Se acerca el siguiente. Es una chica que ríe como histérica y que le introduce en el ano un consolador de bolas.

  • -Beberá demasiado, se meterá coca hasta por las orejas –continua Julia-, tratará de que le tapen todos los agujeros, de tenerlos siempre embutidos con otras carnes, como ahora… pero será inútil. Está vacía por dentro. Como todos ellos… Por eso ansían llenarse de lo que sea, porque están totalmente vacíos… Y es una pena, ¿verdad, mi amor?

  • Me ha llamado “mi amor”… Y me está mirando como si yo fuera la inmensa sal de su mar y único el sol de su cielo. Tengo que hacer un gran esfuerzo por contenerme y no besarla. Quiero tenerla entre mis brazos, decirle que la quiero, sentir sus pechos rozando los míos, su aliento reanimándome. Quiero sentir que nuestra boca es una, que sus labios son los míos y los míos, suyos. Que somos la misma piel, piel que se eriza en un escalofrío ardiente de deseo. Quiero besarla, pero no lo hago. Julia me mira… Sé que quiere besarme, pero no lo hace. No aquí.

  • Nos besaremos en casa, en la cama. Solas Julia y yo. Atenuaremos la luz y no habrá sombra de por medio. Entre Julia y yo sólo habrá pezón contra pezón y piel contra piel rebozada en saliva, habrá dedos retirando rizos, separando surcos; piernas que se articularán, encajando dos sexos húmedos de mujer que se buscarán con avidez hasta acoplarse. Una vez unidas bailaremos incitando nuestros clítoris henchidos y se originarán los más vívidos placeres. Me beberé su aliento y Julia tratará de domar sus roces apremiantes, pero yo ya seré yegua desbocada apretándome bien fuerte, y así, fundidas, nos precipitaremos hacia la cúspide del orgasmo más intenso y apasionado.

  • Una orden del encargado con un pedido me devuelve a la música electrónica atronadora, a los gritos obscenos, al olor a sexo etílico y a vómito y al panorama sórdido de un masivo bukkake en la tarima con Lynn como protagonista. Los más osados -o los más ebrios- orinan sobre ella.

  • Nada de eso puede afectarnos ya. Nada conseguirá bajarme de mi cielo y borrarme la sonrisa embobada con la que miro a Julia. La misma sonrisa boba y maravillosa con la que Julia me mira a mí en la mejor noche de mi vida.

  • Paparazzi es una palabra italiana que significa algo así como “moscones”. No sé por qué nos llaman con ese término despectivo y, para colmo erróneo. En todo caso sería paparazzo, en singular. Está claro que si las moscas acuden es porque hay mierda. Cada famoso tiene la suya. Yo me dedico a destaparla y mientras más mierda haya en el asunto, más le interesa al respetable público.

  • No es culpa mía que esa actriz se ponga a follar en pelotas en la playa, o ese deportista se líe con la niñera de sus hijos, o que ese cantante quiera tirarse a un chaval en los baños de un parque público… Esas son sus mierdas. Yo simplemente les acecho, les pillo y les hago las fotos. “Si no quieres que se enteren, no lo hagas… pero si lo haces, ten por seguro que te pillaré”. Ese es mi lema.

  • Seré un paparazzi –aunque yo prefiero que se me llame reportero gráfico de investigación-, pero tengo mi status. No estoy haciendo guardia en las puertas de las casas, ni persiguiendo a esos famosillos de turno que están locos por hacer un montaje para salir en televisión; eso no es rentable. El verdadero negocio está en descubrir y capturar con imágenes algún asunto sucio de un artista, político o deportista con alto poder adquisitivo. Normalmente esas fotografías no ven la luz en la prensa de colorines; ya se encargan los interesados en comprarlas a un buen precio.

  • Me encanta mi trabajo no sólo por los beneficios: he de reconocer que este oficio es mi más perverso placer. A mi mujer le jode que pase las noches fuera de casa, pero a mí me encanta observar oculto en la oscuridad, sabiendo que no han reparado en mí. Piensan que están seguros, que nadie les observa. Pero yo estoy allí y mis ojos son las lentes del visor telescópico de mi cámara tuneada de largo alcance. Mi cámara es parte de mí, una extensión de mis brazos. Su buen estabilizador hace posible que no sea necesario el incómodo trípode para las fotos en movimiento, y aunque haya poca luz no hay necesidad del flash delator; las imágenes son nítidas y tienen un gran poder de resolución, incluso en la oscuridad.

  • Esta noche tenía el pálpito de que podía conseguir algo bueno. El acechado en este caso iba a ser un futbolista de élite, mi especialidad. Esos tíos son los más ricos y los más golfos. Además, la fuente –una putilla yonki que salió con un famosillo de un reality show hace algunos años, y que aún tenía ciertos contactos- era bastante fiable. Esa zorrita, Mónica, ya me había soplado algún otro rumor que resultó verídico.

  • Llegué a la dirección, un grupo de casetas de campo abandonadas en las afueras del quinto coño. Oculté la moto entre unos árboles, lejos de la carretera y de la vista de esas putas callejeras que, sentadas en hamacas de plástico, se calentaban con los fuegos de las hogueras. Mónica no tardó en aparecer. A pesar de tener el aspecto algo demacrado y ojeroso, seguía teniendo un buen polvo.

  • -Esto es una cloaca en el culo del mundo. ¿Estás segura que es él y de que viene aquí? –le pregunté enfadado y algo acojonado, pensando que me había tangado y que de un momento a otro aparecería un chulo para robarme el dinero, la moto, la cámara y luego matarme.

  • -Estoy segura, joder. Una vez que vine por esta zona a pillar perico; buscaba un sitio tranquilo para colocarme y encontré estas casetas de herramientas. Le vi en persona, con estos ojitos. Te juro que no estaba alucinando. Le tengo vigila’o desde entonces. Ha venido aquí más de una vez y siempre a lo mismo, no te lo vas a creer, tío, es mu’ fuerte… ya lo verás –me aseguró sorbiéndose los mocos y hablando de la típica forma gutural de la que va metida de todo-. Se cuelan en aquella caseta de allí. Lo podrás ver mejor desde la ventana de esta otra que está enfrente.

  • ¡Por fin! La luz de una bombilla portátil revela que hay alguien en la caseta de enfrente. Miro por el objetivo. Es un hombre vestido de negro, con una gorra oscura que lleva una gran visera que le oculta el rostro. Se parece al tipo en cuestión, al menos en su complexión, pero tampoco puedo asegurarlo. Otro tío grandote aparece. Arrastra a una rubia menudita de pelo lacio, que parece colocada o borracha, porque se tambalea.

  • -Esa pava no es ni puta, ni yonki. Mírala bien. Será una gilipollas que habrá ligado el guaperas de su amigo en una discoteca. Seguro que le ha metido un roche o un special-K en la copa, jaja, por eso no sabe ni lo que hace, joder, mira, si ni siquiera se tiene en pie.

  • El grandote la sostiene y el supuesto futbolista le desabrocha la blusa y se la quita. El sujetador es ligero, sin espuma, de color azul claro, con una imagen de Hello Kitty en la copa izquierda. Girando la rueda del zoom capto que se le transparentan los pezones de sus tetitas. La muchacha parece recobrarse un poco. Hace ademán de taparse con las manos, mas el de detrás se lo impide sujetándola de los brazos. La chica entonces grita asustada y el de la gorra le da una fuerte bofetada.

  • Mi ojo tras la cámara mira hipnotizado la escena. El tío se acaba de desprender de la gorra y de la camiseta negra. ¡Es él! Joder, ahora sí que estoy seguro. Le veo el careto perfectamente y para más inri, sus tatuajes son inconfundibles. Mi dedo en la mano que sujeta la cámara presiona con delirio orgásmico haciendo una ráfaga de fotos.

  • Reconozco el modelo de atadura… es un bondage strapatto. Las muñecas quedan atadas a la espalda y la cuerda sujeta a una viga del techo, bien tensa, de forma que los brazos se elevan por detrás, la cabeza y el tronco se inclinan hacia delante y el culo queda en pompa. Mmmmm… Me encanta esa postura.

  • El deportista se coloca detrás de la muchacha, que vuelve a estar ida, y le baja las bragas. Su compañero le proporciona una vara larga y flexible con la que empieza a azotarle las nalgas. Los fuertes azotes hacen que la chica espabile y vuelva a agitarse. El gorila se coloca ahora justo en la ventana. Mierda. Me tapa toda la visibilidad. Al cabo de un rato se aparta. Por fin, cabronazo… Bien.

  • Vuelvo a disparar en modo ráfaga para conseguir la mayor cantidad de fotos. ¡De puta madre! Joder, joder, jodeeer… ¡Esta es mi mejor noche! ¡El mejor reportaje de mi vida! El famoso futbolista de primera división se la está metiendo por el culo a la niñata esa. Ajusto el ISO y el enfoque es perfecto. Se detecta de forma precisa el rostro del tío, sudoroso, mordiéndose los labios, bien agarrado de sus caderas y dándole bien fuerte por detrás. El careto de la chavala es la hostia también. Aunque lleva una mordaza de bola en la boca que le ahoga los gritos, tiene los ojos desorbitados y una expresión de dolor y de horror que espero que quede reflejada en unas buenas imágenes de alta resolución, que me van a hacer muy, muy rico.

  • El más alto se aproxima a la chavala. Se desabrocha el pantalón y se saca un enorme pollón. Le quita la mordaza de bola y la sustituye por una mordaza Whitehead. Sé lo que es porque lo he visto en fotos de BDSM… Es un artilugio médico para cirugía bucal, con bisagras y marcos de metal en la boca y un par de trinquetes que hacen que la mantenga bien abierta. Ajusta la apertura al máximo. Para que le quepa un pollón de ese calibre seguro que le tiene que desencajar las mandíbulas.

  • La vuelve a agarrar del pelo y se la mete toda entera en la boca. Me cagüen su puta madre… Mi polla va a reventar dentro de mis pantalones. Llevo un buen rato empalmado y me gustaría pajearme, pero acabo de cambiar a modo video y de ninguna manera voy a soltar la cámara mientras estoy grabando. Vuelvo la cabeza y ahí está Mónica. Con la emoción de la escena y del reportaje, había olvidado completamente su presencia.

  • -Eh, tú, que no soy una puta. Tengo mis vicios, no lo niego, pero no me prostituyo para conseguirlos. Tan bajo no he caído como para hacerte a ti una mamada, vamos, ni por toda la puta coca del mundo… ¿Qué te has creído que soy?

  • -¿Recuerdas aquella fiesta? Creo que fue en el cumpleaños de un friki de esos que abundan ahora. Tal vez no te acuerdes, porque estabas tan colocada que te tiraste a todo bicho viviente, incluido el perro. Yo sí que me acuerdo y, si en todo caso me falla la memoria, tengo las fotos para atestiguarlo. La foto con Bobby quedaría muy bien en el aparador del recibidor de la casa de tu madre, ¿no crees?

  • Soy un tipo listo, la estrategia funciona. Mónica deja de tener tantos remilgos. Murmura algo como “cabronazo joputa” y luego, sin decir una palabra más, se arrodilla ante mí, me baja el pantalón y se la mete en la boca.

  • Me la chupa desganadamente, sólo la puntita, como con asco… Me encantaría agarrarla bien fuerte de la cabeza y follarle la boca hasta atragantarla -como está haciendo el gorila ese a la pavita de ahí enfrente, mientras el otro se la sigue follando por el culo de manera brutal-, pero he de mantener sujeta la cámara, bien firme y seguir grabándolo todo.

  • La amenaza surte efecto y la puta de Mónica empieza a mamármela con afán. Allá enfrente el jugador de futbol supongo que ya se ha corrido, porque se está quitando el condón. Se sube los pantalones y se guarda el condón anudado en un bolsillo. Vuelve a coger la vara y a darle azotes entre las piernas a la rubia, que se está poniendo morada con todo ese mazo de carne embutido hasta la campanilla. Al cabo de un rato, el tío se la saca de la boca y empieza a meneársela.

  • Me corro en la boca de Mónica, que, en cuanto termino, lo escupe todo en el suelo tras unas cuantas arcadas. La polla del gigantón está soltando chorros de leche en la cara de la rubia, el de detrás la continúa caneando entre las piernas y mi preciosa cámara sigue grabando.

  • Estoy pletórico. Sí, esta es la mejor noche de mi vida, y no sólo por el dinero que me va a aportar este reportaje, es mucho más. Es la sensación de poder. Saber que  tengo a ese delantero en mis manos, cogido por los huevos, colgando de un hilo… Le tengo atado y bien atado… Tal vez por eso me encanta el BDSM, pero hasta ahora sólo lo había visto en fotos o videos, nunca lo había visto así, tan… real.

  • El deportista y su amigo se han marchado hace rato. Mónica también, seguramente a pillar mercancía aprovechando que tiene dinerito fresco. Yo también debería irme, pero… joder… ¿Por qué no?

  • Entro en la caseta. La chica parece inconsciente. Le han vuelto a poner la mordaza de bola por si se despierta y grita. Las braguitas moradas están enrolladas en un tobillo. El color le hace juego a los preciosos bordones paralelos de tono cárdeno que adornan las nalgas de ese culo recién follado. En el alfeizar de la ventana está la vara junto con otros tantos juguetes sexuales. Busco el ángulo adecuado, dejo allí reposar mi cámara y pongo el automático. Agarro una fusta larga, como las que usan en equitación. Los sonidos que producen los chasquidos contra la piel, combinados con los sordos quejidos y sollozos a través de la mordaza son como una melodía afrodisíaca.

  • Escojo un consolador doble, de grandes dimensiones, que tiene un buen mango para manejarlo. Me encantaría que hubiera una de esas fucking machines, encajarle bien dentro los dildos y ajustarla a la máxima velocidad, pero no se puede tener todo… Aún así, no me puedo quejar. Empuño el aparato moviéndolo de forma febril y la zorra se agita y berrea de nuevo. Joder, qué noche… Vuelvo a estar tan excitado que en cuanto le meta la polla, me voy correr gritando.

  • La cara de Mónica aparece ante mi vista en cuanto abro los ojos. Las voces y las risas de los demás retumban en mi cabeza. Me duelen los brazos y los hombros, me arden las muñecas. Estoy atado de la misma manera que lo estaba la chica rubia, que me mira ahora riendo junto al futbolista y su amigo.

  • -¿Cómo? Pues muy fácil –contesta el deportista-. Con dinero y un poco de investigación se pueden descubrir los secretos más ocultos. Tú deberías saberlo. Me enteré de que te pone el rollito este de las cuerdas y el sexo depravado.

  • -Como que tú has padecido mucho –replica el otro tío riéndose-, si te has corrido por lo menos tres veces, que yo estaba ya nervioso pensando que el imbécil éste iba a notar que, en lugar de sufrir como una pobre chica violada y torturada, estabas disfrutando como una loca.

  • -Te di el soplo –prosigue Mónica, que agarra la vara y me da unos golpecitos en los huevos que me hacen temblar esperando lo peor-. Teniendo un buen cebo, picaste según lo planeado. Aproveché para echar la droga dentro de tu petaca mientras te la estaba chupando. Ni te diste cuenta, tan emocionado que estabas grabando la escenita con tu cámara.

  • -Mmmmm… Pues yo… qué quieres que te diga…. –sonríe de forma lasciva la rubita- lo hice porque me encantó la idea, cielo. Aquí, el delantero centro es amigo mío desde hace algún tiempo y casi me corro de gusto cuando me estaba contado sus planes.

  • -¿Necesitas que yo te diga por qué? – ruge el deportista mientras aprieta los puños y cierro los ojos temiendo que me pegue un derechazo-. Pues porque eres un cabrón. Le has jodido la vida a muchos de mis amigos. Así que en parte es por venganza y en parte para tener un seguro anti-extorsión contra ti. No iba a dejar que me jodieras, así que me he adelantado. Vas a probar tu propia medicina.

  • -Y tenemos un buen material –afirma el amigo agarrando mi cámara-. Aunque le he hecho unas buenas fotos desde la otra caseta mientras estaba fustigando a Susana y metiéndole los dildos, él mismo se ha grabado con su cámara. Tenemos primeros planos. Ahora podemos seguir grabando con esta joyita un buen video para terminar el reportaje, con nuestro protagonista colgado como un suculento jamón. ¿Quién quiere ponerse el arnés y darle por el culo?

  • -Venga, tío, no pongas esa cara, seguro que si te relajas, disfrutas siendo el prota de la peli. Aquí, la encantadora de perros, le pondrá mucho entusiasmo y te la meterá toda enterita mientras Susana te da unos cuantos azotes en los huevos con la vara -se regodea Mónica y todos se ríen.

  • Era un abrigo de calidad, de lana fría de color negro, perteneciente a una colección exclusiva de Armani. Se lo dio Diego Theodoridis, pero no fue un regalo, fue un despojo. Le dijo un buen día que ya no lo quería y que entonces él podía usarlo. Cyril nunca se lo puso por orgullo. No quería los desechos de su jefe.

  • -Lo siento, no lo sabía –la chica saca la mano de entre sus piernas ruborizada-. Es que… no sé lo que me pasa. Tengo muchas, muchas ganas de follar, y Diego me dijo que tú te encargarías de mí, que podía pedirte cualquier cosa que necesitara, que me traerías la comida, que me harías compañía en mi habitación para que no me sintiera sola y que me follarías si yo te lo pedía. Pero tú no tienes ganas, porque supongo que no te gusto… Así que… Bueno… He descubierto que si me acaricio los pezones con una mano y con un dedo de la otra me froto ese bultito que…

  • Si ella supiera… ¿Que no tiene ganas? ¿Que no le gusta? Si simplemente cuando la ve desde la distancia, ya tiene una erección. Ahora la tiene muy cerca, demasiado cerca… y ella lleva puesta esa camisola blanca ajustada que marca el relieve de sus pezones y la línea del elástico de sus bragas… Ella le mira con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes de deseo, y él siente la polla a punto de explotar dentro de sus pantalones. Intenta serenarse, pero le es imposible. Nunca se había trastornado tanto al desear a una mujer, pero el efecto de Blanca en él es como una compulsión instintiva, no puede pensar con claridad. El ardor de esa excitación insatisfecha por una parte, y que Theodoridis se la cediera como producto de desecho por otra, altera su temperamento y se siente tan crispado y furioso como un animal incapaz de razonar.

  • -¡Oh! Sí, vale, me callo… -contesta la chica-. Pero no te enfades conmigo. Siempre te enfadas y frunces el ceño y me gritas y… y yo no sé qué estoy haciendo mal…y… vaya, se ha roto una taza…

  • El hombre se revuelve en su silla súper excitado, pensando que  la postura de Blanca es una maniobra de seducción estudiada. Pero no es así, no hay nada artificioso en su gesto. La chica se ha inclinado de forma espontánea a recoger los fragmentos rotos del suelo y la camisola se queda levantada de detrás.

  • Los ojos de él recorren las tiritas de color celeste del tanga, dos afluentes en uve que rodean unas nalgas torneada, y que van a desembocar en una súbita cascada de deseo desesperado por lo que no puede poseer. Su culito intacto es lo único que Diego no le permite, ya que quiere reservarlo para sí mismo, para ser el primero en estrenarlo… Tal vez por eso es lo que más desea el joven.

  • Cyril nunca ha practicado sexo anal. Se lo ha insinuado a muchas chicas con quienes se ha acostado, pero ninguna de ellas consintió. De todas formas Cyril no insistía demasiado. Tampoco era tan importante.

  • Pero ahora sí, sí que lo es. Lo prohibido es lo más deseable, y ese culo ya es muy deseable de por sí. ¿Cómo puede mantenerse sosegado? ¿Cómo puede pensar en otra cosa que no sea ese culito que se contonea ante sus ojos y que está pidiendo a gritos que le meta la polla hasta el fondo? Cyril ya no puede más.

  • -¿Sabes cuándo volverá Diego? –pregunta la chica, mientras continúa inclinada-. Le echo tanto de menos… Me dijo que cuando volviera tendría una sorpresa, algo que me gustaría mucho. ¿Sabes tú lo que es?

  • Él no contesta. La mención de Diego hace que se exaspere todavía más. El silencio tenso en la habitación se quiebra de vez en cuando por el tintineo de las piezas rotas de porcelana que recoge Blanca y ahora también por el sonido de la hebilla del pantalón de Cyril que se despasa y de la cremallera que se desliza.

  • -Oooh… síiiiii… -la chica se sorprende y se estremece de deseo al sentirle, al sentir su polla dura restregándose contra ella, al sentir sus manos tocando su piel ardiente bajo la blusa. De un par de tirones violentos, algunos botones caen y Cyril logra arrancar la prenda rasgada.

  • No son caricias, son más bien fricciones bruscas, urgentes. Desde atrás estruja sus tetas con rudeza, como si quisiera exprimirlas. Antes de que a la muchacha le dé tiempo a quejarse, la toma desde la cintura y la deja apoyada sobre la mesa. Propina un nuevo tirón, esta vez tomando como víctima al tanga, que cae al suelo con las tiras rotas.

  • La agresividad de Cyril asusta un poco a Blanca, pero toma su comportamiento como signo de deseo efusivo y arrebatado, fruto de su excitación, una excitación tan intensa como la que siente ella misma.

  • No. Cyril no se ha equivocado. No la está sodomizando por error. El acto de meterle la polla bruscamente por el ano es completamente deliberado, aunque el dolor que está causando a la muchacha no es algo en lo que haya reflexionado en absoluto. Blanca deja escapar un grito y se revuelve, pero es imposible zafarse, tal y como está oprimida entre la mesa y el cuerpo de Cyril y ensartada por su polla, que la atraviesa desgarrando sin contemplaciones.

  • La chica intenta aguantar, suponiendo que posiblemente sea como cuando perdió la virginidad con Diego, que al principio fue doloroso, pero después disfrutó del placer más maravilloso que nunca había sentido. Sin embargo ahora, aunque Blanca trata de soportarlo, el dolor no cede, sino que se incrementa cuando el hombre comienza a moverse con energía, sacando y embutiendo la polla de manera tan frenética que cada empellón hace oscilar la mesa y golpean sus patas contra el suelo.

  • El ritmo de los golpes va en aumento, la muchacha aprieta sus puños y las esquinas de los fragmentos de la taza rota se le clavan en la mano. Le pide de nuevo por favor que pare, pero Cyril está tan ofuscado y fuera de sí que ni siquiera la oye. Sólo se oye a sí mismo murmurando “Jódete Diego, jódete… Jódete, jódete, Diego…” El susurro se vuelve gemido y Cyril se corre.

  • “Apostaría un millón de euros a que ya la has enculado… jajaja… Eres tan previsible, Cyril… jajaja. Pero no te preocupes, no estoy disgustado. Considera el estrene de  ese precioso culo como un regalo por mi parte.

  • Fin del mensaje. Cyril siente acidez de estómago. Conociendo a Diego, el muchacho sabe que puede ser así o más retorcido. Ha caído en su pequeña trampa como un crío pequeño, que va a tocar lo que los mayores le dicen que no debe tocar. Pero eso no es lo que le trastorna. No puede recriminar a su jefe que sea un cabronazo perverso, cuando él mismo es igual o peor. Cyril se sonríe tristemente moviendo la cabeza mientras camina por el sendero del jardín: de tal palo, tal astilla…

  • Y eso es lo que le altera terriblemente, que su mayor disfrute no fue en ningún caso follarse a Blanca, sino joder a Theodoridis, joder a… a su padre, incluso sin importarle el daño que le hacía a la muchacha… Lo que realmente quería era joder a su padre.

  • Y es que Diego es biológicamente su padre, pero nunca ha ejercido como tal. Cyril tiene esa espina clavada en el corazón desde niño. El hijo reconocido de Diego es el legítimo, André, el heredero de su imperio, el que nació dentro de esa farsa pactada que es su matrimonio de paripé. Cyril es su primogénito, pero es un bastardo. Es hijo de una de esas muchachas inexpertas con quien Diego se acostó, un niño al que su madre abandonó y del que su padre se ocupó, pero que nunca trató con afecto familiar. Nunca un detalle en su cumpleaños, ni un gesto de cariño… Nada. Y ahora, aunque Cyril sea su secretario personal, su hombre de confianza, él sabe nunca ha sido ni será su hijo, sino simplemente su empleado. Su más fiel empleado.

  • Si hace unos días le hervía la sangre al estar cerca de Blanca, ahora es todo lo contrario. Se le congela en las venas cuando tiene que verla o hablar con ella. Profundamente  angustiado y arrepentido ya le ha dicho cuánto lo lamenta. Ha tratado de aclararle lo que ni él mismo sabe explicarse.

  • Hubiera comprendido que ella no le hubiera perdonado, que le hubiera insultado y tratado con desprecio o con asco… Pero no ha sido así. Lo que más mortifica a Cyril es que la chica ni le condene, ni aspire siquiera a alguna represalia.

  • -¡Hola Cyril! Mira, ya se me están cayendo las costritas de los cortes en la palma de la mano. ¿Lo ves? Y el culo ya no me duele nada. Los primeros días sí que sentía como un latido y unos pinchazos como si me estuvieran clavando agujas, y era horroroso cuando tenía que ir al baño, porque me dolía muchísimo y volvía a sangrar y eso, pero ahora ya estoy bien. Sí, sí, ya lo sé, lo sientes mucho, no hace falta que te disculpes otra vez. Seguro que no sabías que meterme la polla por el culo me iba a hacer tanto daño y eso que intenté soportarlo, pero ufff…Duele demasiado. De todas formas, aunque mi ano ya está curado, prefiero que no me folles por ahí ¿te parece bien? Puedo hacerte una paja o chupártela o lo que quieras, pero lo del culo no… ¿vale, Cyril?

  • El joven traga saliva desconcertado. Esa forma de ser, tan… tan raramente ingenua, le desarma. Por otra parte, el sincero ofrecimiento de masturbarle o hacerle una mamada hace que la polla le dé un latigazo dentro de sus pantalones.

  • La rodea con los brazos y la besa con suavidad en la boca. Los labios del joven son tibios y dulces; se abren ligeramente y ella siente la humedad de su lengua que lentamente va abriendo camino. Blanca entreabre su boca, ansiosa, y siente un escalofrío placentero cuando ambas lenguas se rozan.

  • Los recelos de la chica acaban desapareciendo, ahogados en esa cálida humedad de lengua ardiente y de deseo empapado en su sexo. Blanca cierra los ojos y se deja llevar por sus besos, por sus manos que la desnudan esta vez con estudiada delicadeza, por los brazos que la dejan caer con suavidad sobre el lecho.

  • Con los ojos cerrados, Blanca se pierde en el deleite de sus caricias, de su boca golosa en sus pezones ávidos. Con los ojos cerrados, la muchacha se eleva y se queda suspendida en el aire, sostenida por los hilos del placer de su lengua entre sus piernas, una lengua complaciente que se afana en encaramarla hasta la cima más alta y luego lanzarla voluntariamente hacia el vértigo profundo del éxtasis.

  • Blanca se apresura. Al verle tan excitado, con esa polla tan rígida y grande, vuelven a asaltarle los temores de que le dé la vuelta y la vuelva a sodomizar. Mejor le calma con la boca hasta que le salga la leche y la polla se le deshinche. Se esmera lamiéndole los testículos mientras le pajea con la mano.

  • Cyril le acaricia los cabellos castaños, y retira unos mechones de su rostro. Desea verla mientras le hace la mamada. Ver cómo saca la lengua y lame el glande húmedo, ver como sus jugosos labios lo envuelven y se deslizan resbalando suavemente hacia abajo, bien ceñidos a su polla. Ver como ella eleva su mirada hacia él mientras se la sigue chupando.

  • La chica vuelve a tener ganas, sigue padeciendo el mono por las drogas que le suministraban en la academia Vestal que inhibían sus deseos sexuales, y su síndrome de abstinencia no es otro que un deseo sexual tan fuerte que se convierte en necesidad apremiante. Chuparle la polla a Cyril la excita mucho más. Le está mirando ahora, como mueve las caderas, agitado, suspirando, deseando que se la meta de nuevo en la boca así, hasta el fondo. Blanca sabe que ella le está provocando ese placer, y eso la enciende, así que su mano se desliza entre sus piernas y comienza a acariciarse el clítoris hasta que Cyril la detiene.

  • El hombre se levanta, se quita los zapatos y se deshace del pantalón y de la camisa. Así, desnudo, mostrando sus músculos marcados, tiene una apariencia inquietante. Empuñar en una mano la polla tiesa, como si fuera una espada, le confiere un aspecto aún más amenazador. Es como un bello y peligroso animal salvaje.

  • Cyril no logra terminar la pregunta. Blanca aún no se fía demasiado y teme que se la vuelva a meter por detrás, así que súbitamente, movida en parte por el temor y en una mayor parte por el deseo, da un salto, echa los brazos al cuello del hombre y le rodea con las piernas. Cyril, instintivamente, la agarra por el culo para sujetarla, y Blanca aprovecha para agarrar su polla con una mano y metérsela.

  • Cyril se sienta sobre la cama y disfruta dejándole las riendas a Blanca. La muchacha le cabalga con brío y no tarda demasiado en volver a gozar de otro intenso orgasmo que tensa cada fibra de su ser.

  • Resuelta a ofrecerle el mayor placer, Blanca engulle su polla con habilidad. Cyril, a la hora de correrse, siempre ha avisado a la chica con la que estuviera, y ésta normalmente ha dejado de chupársela para seguir con la mano. En esta ocasión, sabe que se va a correr en su boca y que ella se lo tragará todo. Con esa excitante idea en mente, el hombre se corre y, efectivamente, la chica se atiborra de leche caliente.

  • No sabe por qué ha tenido que dejar sus aposentos, con todas sus lindas cosas, y mudarse a la casita del jardín. Sospecha que tiene que ver con la sorpresa que le está preparando Diego. Cyril, que está muy taciturno, por fin le ha confirmado que Diego está en la casa y la chica ha brincado de entusiasmo ante la gélida y disciplente mirada del secretario. La muchacha, al verle tan frío como un glacial, se ha abstenido de proponerle algún jugueteo sexual. Además, él se ha excusado en seguida añadiendo que tiene mucho trabajo y no puede entretenerse

  • Blanca sólo conoce a dos hombres, a Diego y a Cyril, así que no puede evitar comparar. Aunque anatómicamente son de similares características, en el fondo le parecen muy distintos. Cyril es un joven un tanto raro, a veces parece que ella le gusta y en otras ocasiones, como ahora, sin saber por qué, está enfadado con ella y le da la impresión de que la detesta. Diego, su tutor, sin embargo, es más mayor, más maduro, y es guapo y atento y dulce y risueño y amable… Es el príncipe azul de sus sueños.

  • No le gusta demasiado el atuendo que Cyril, antes de irse, le ha llevado por orden de Diego. Es un corsé negro de puntilla transparente, muy ajustado e incómodo que le oprime para realzar sus pechos semidesnudos. Desde la cinturilla sale una faldita mínima de gasa que no le llega a tapar el culo. El calzado son dos botas negras de tacón muy alto.

  • “Diego ha dicho que no lleves bragas”. Las aparentemente impávidas palabras de Cyril la calientan  y sonríe regocijada. Ante una expectativa como la que imagina, de pasar otra maravillosa noche con Diego, bien vale la pena soportar un atuendo incómodo, si así le complace.

  • La chica camina ligera, a pesar del tacón, siguiendo a Cyril, que da grandes zancadas, cabizbajo. Nunca había estado en esa parte de la casa. La verja estaba cerrada. Pero ahora está abierta, así que la atraviesan, continúan por el sendero y suben por las escaleras hacia la entrada principal. En el vestíbulo, el secretario sigue caminando hacia el despacho y un mayordomo espera a la muchacha, que se detiene casi sin aliento, deslumbrada por la enorme mansión de estilo colonial, por el lujo del mobiliario, las lámparas de araña, los tapices y cortinas de seda francesa…

  • -Mejor sin nombres, guapa. Aunque a mí puedes llamarme Semental –el hombre, que habla con acento, se ríe y se aproxima. La chica da un respingo cuando nota la mano del hombre acariciándole el culo. Los otros dos también se levantan y hablan entre sí un idioma que Blanca no entiende.

  • La muchacha pierde el equilibrio cuando uno de los hombres le mete un dedo en la vagina. No se llega a caer, porque el que tiene detrás, que estaba palpándole el culo, la sujeta desde las axilas y aprovecha para sobarle las tetas.

  • -Sí, a veces es como un conejito asustado, pero ya irá aprendiendo… -la disculpa Diego, que la toma por el brazo con firmeza y la lleva a un rincón de la habitación, allí le susurra a la chica-. Blanca, no me avergüences ante mis amigos. Deberías saber que no todas las lecciones son placenteras, pero si deseas ascender en tu educación, tienes que aplicarte bien. Esta prueba es muy importante, y tu futuro depende de ella. Si haces lo que te pidan y lo haces bien, te aseguro que me harás muy feliz y recibirás una grata sorpresa.

  • La muchacha se vuelve a mirarles. No le gusta nada el aspecto de esos hombres, ni sus risas desagradables cuando hablan entre ellos y la miran. Aun así, obedece a su tutor, tal y como le enseñaron en la Academia Vestal que deben hacerse las cosas.

  • -Es lo primero que te pido en todos estos años. Yo nunca te he pedido nada… padre –Cyril le tutea por primera vez en su vida, y pronuncia con intención la última palabra-. Nunca he sido nada más para ti que tu empleado, no he tenido los privilegios de tu hijo André, no he estudiado en colegios pijos, no he ido a Cambridge, nunca hemos compartido la cena de Navidad, pero soy el que pasa más tiempo contigo. Tu hijo André es lo primero, sé que yo para ti no soy nada… pero André no te conoce como te conozco yo; no sabe nada de tus negocios sucios, de tus clubs de putas, de la Academia Vestal, donde aíslas y entrenas muchachas para tu propia satisfacción personal. ¿Crees que te tendría la misma estima si supiera realmente lo que eres? Yo siempre he sabido lo que eres y, a pesar de ello, he estado a tu lado.

  • -¿Crees que no he pensado en eso? Como bien dices, mi familia no está al corriente de mis “otros” asuntos –Theodoridis hace una pausa con intención-, por eso todos mis “otros negocios”  te los dejaré a ti el día que yo falte.

  • -¡Claro que sí, joder! ¡Pero porque no quiero que tires por la borda toda tu vida por un capricho ridículo! Tendrías todo el poder, estarías al mando de todo. Todo sería tuyo, porque te lo mereces… ¿Quieres a Blanca? ¿Qué vas a hacer, entonces? ¿Largarte de aquí, casarte con ella y ser felices para siempre? Porque tienes que elegir, no lo puedes tenerlo todo. O ella o yo. Y por cierto, ¿le has preguntado acaso a Blanca si ella te quiere a ti? Lo más seguro es que cuando le des una pizca de libertad, te deje por cualquier otra polla que le guste más que la tuya… Piensa bien en todo lo que pierdes y en lo que te llevarías a cambio. Blanca no es más que otra zorrita de tantas como hay en el mundo…

  • -Y como lo fue la madre de Blanca. Su madre también se quedó preñada y por un precio a convenir me cedió a la niña. Lo mismo ocurrió con Sara, Elisa, Joana… Todas mis zorritas, hijas de otras zorritas.

  • -Sí, eso te estoy diciendo. Que te has follado a tu hermana. No me digas que ese detalle no le da un excitante morbo añadido. Oh, vamos, no me mires así, como si fuera un monstruo, cuando sabes que, en el fondo, por mucho que quieras disfrazarte de falsos escrúpulos, tú eres igual que yo.

  • Blanca camina por el sendero del jardín desde la casita hacia su habitación. Necesitaba un buen baño caliente antes de reunirse con Diego, y lavarse bien los dientes. Finalmente los tres hombres se han corrido en su boca, aunque antes de eso, mientras se la chupaba por turnos a dos de ellos, uno se la metía por detrás en el coño. Blanca cerraba los ojos e intentaba dejarse llevar, pero ni las manos ni las pollas de esos hombres trataban de proporcionarle placer a ella, sino que sólo buscaban satisfacerse ellos mismos. A pesar del lubricante, el culo le arde. Dos de ellos también se la han metido por el ano y, aunque no ha sido tan doloroso como cuando lo hizo Cyril, no ha sido nada agradable.

  • Espera haber cumplido bien, al menos se ha esforzado en hacer todo lo que esos hombres le han pedido, les ha complacido en todo, sin quejarse. Ahora sólo quiere pensar que ha superado esta prueba y que Diego la espera en la habitación, dispuesto a compensarla a ella como premio bien merecido.

  • Las dos muchachas se abrazan llorando y riendo, hablando las dos a la vez, felices y conmocionadas por la sorpresa de encontrarse, ya que habían pensado que nunca más volverían a verse tras despedirse en la Academia. Diego da un par de palmadas y corta el alboroto.

  • -A ver, chicas. Un poco de formalidad. Ahora esforzaos un poco en prestarme atención y seguir mis instrucciones al pie de la letra. Ya hablaréis más adelante, que ahora vais a tener las dos la boca bastante ocupada en otros menesteres más placenteros.

  • Diego disfruta contemplando los cuerpos desnudos de ambas muchachas, sobre todo el de la nueva, que tiene el cabello más claro, es más menuda, aunque sus tetas son bastante más grandes. Las muchachas cumplen sus órdenes disciplinadamente, y el hombre goza al ver cómo la experimentada lengua de Blanca le da placer a su inexperta hermana chupándole los pezones. Se desnuda él también y con un gesto, le indica a la rubita que se arrodille. Mientras Sarita le hace la mamada, Theodoridis le propone a Blanca que le coma el coño a su amiguita.

  • Sara está descubriendo sensaciones nuevas que la hacen vibrar, la lengua de Blanca sabe bien lo que hacer para conseguir que pierda el control y acabe desconcentrándose y que, gimiendo, deje de chuparle la polla a Diego.

  • -No. Sarita lo está haciendo muy bien. Blanca, deja ya de comerle el coño, que ya está lo suficientemente caliente y no quiero que se corra todavía. Túmbate sobre la cama, Blanca, que ahora mismo estamos contigo.

  • -Deseo follarte, Sara, meterte la polla por el coño, por el culo –le susurra Diego a la más joven al oído-. Lo harás bien, te mostraré lo que hay que hacer y seguro que te gradúas con honores.

  • -Te voy a mostrar cómo será. Esto es como si fuera mi polla –señala el consolador y luego señala la vagina de Blanca-, pues te la voy a meter por aquí. Eso es, métesela por ahí a Blanca, y ahora sácala y vuélvesela a meter. Fíjate cómo le gusta, como se retuerce de ganas de que sigas haciéndolo… pues mucho más te gustará a ti, pues mi polla es de carne y es muchísimo mejor que una artificial. Ahora acaríciale con cuidado el clítoris con la otra mano mientras sigues metiéndole el consolador más rápido y verás cómo se corre…

  • Sarita escudriña a gatas el coño de Blanca para observar curiosa cómo entra y sale el dildo, Diego se coloca por detrás, rozando con su polla rígida el clítoris de la joven para que continúe excitada. No es lo que esperaba Blanca. Soñaba con Diego, soñaba con la lengua de Diego en su piel, con su boca, con sus manos, con su polla dentro de su boca, de su coño, incluso dentro de su culo… con estos pensamientos acaba teniendo un fuerte orgasmo como conclusión a los fructíferos tocamientos de Sara y a las acometidas del consolador.

  • Al abrir los ojos, recuperándose del orgasmo, una pequeña punzada de extraño desasosiego se le queda prendida en el centro de su pecho, cuando Blanca, entre la V de sus piernas abiertas, observa la complicidad entre Diego y Sarita, cómo ella le mira sonriente y ansiosa, cómo él la acaricia, cómo sus manos van a su entrepierna y saca sus dedos brillantes de fluidos.

  • -Ya vale, Sara –le murmura él al oído, sin dejar de acariciarle las tetas y el clítoris-. Blanca ya se ha corrido. Ya no es necesario que sigas. Tu coñito, al ser nuevo, es muy estrecho y tiene una ligera membrana que debo romper con mi polla. Eso será un poco incómodo al principio, pero luego es puro placer. ¿Quieres entonces que lo haga? ¿Quieres que te folle?

  • -Mmmmmm… Me encantará hacerlo –la vibrante voz de Diego cambia a un tono mucho más frío cuando se dirige a Blanca-. Ya puedes irte, guapa. No hace falta que te vistas. Vuelve a la sala de juegos, que seguro que mis amigos desean seguir jugando contigo.

  • La punzada se convierte en el dolor cruel de la daga amarga de los celos y el desengaño. Blanca abandona corriendo la estancia y sale llorando al jardín. Sarita está desconcertada, pero Diego, su tutor, la tranquiliza.

  • -No pasa nada, cielo, ya sabes cómo es Blanca. Siempre quiere ser la primera, la mejor en todo, y no soporta que te elija a ti. No aguanta que tú seas mejor, pero ya se le pasará, no te preocupes, lo que pasa es que prefiero tus tetas, me encantan, son imponentes, voy a poner mi polla entre ellas… Eso es, sujétalas así, presiona más fuerte… ahora muévete, pajéame con tus tetas… mmmm…

  • Diego disfruta con la cubana, con su polla falcada en el canalillo, y bien flanqueada por esos orondos pechos, que ahora presiona él, y así aprovecha para acariciar con la yema de los pulgares los pezones duros de la chica.

  • -¿Te gusta, preciosa? ¿Te gusta que te acaricie así? Mira cómo tengo la polla de dura por tu culpa, por culpa de esas tetas tremendas… Voy a tener que meter la polla en tu coñito para calmarme. ¿Quieres que lo haga?

  • A pesar del deseo evidente y de su fuego uterino, Sarita no las tiene todas consigo cuando contesta. Diego le acaba de decir que le va a hacer daño y la chica siempre ha sido muy sensible al dolor físico.

  • Diego ya se ha percatado que esta muchacha no es tan flexible como su hermana, es bastante más rolliza, por eso ya ha decidido no tratar de forzar posturas, follársela por detrás, y disfrutar agarrado a sus gruesas tetas y a sus poderosas nalgas. Está deseando penetrarla ya, y así, tal y como está, colocada a cuatro patas, le viene a la cabeza la morbosa idea de alternar entre los dos agujeritos, el del coño y el del culo, para estrenar ambos al tiempo.

  • La apariencia más robusta de Sara también hace que la considere menos vulnerable que a Blanca. Con esta última fue extremadamente delicado, tal vez por su aspecto más frágil y esbelto. En aquella ocasión le apetecía excitar a la joven virgen, le entusiasmaba manejar su deseo y su placer, deseaba que sintiera, deseaba que se corriera. En esta ocasión, sin embargo, le es indiferente que la chica se corra o no. No es su intención hacerla padecer intencionadamente, por eso se unta bien la mano con lubricante y lo esparce alrededor de su ano. Luego introduce un dedo y lo mueve para ir dilatándolo poco a poco.

  • La primera penetración en ese coñito húmedo, cerrado y palpitante es sumamente placentera para él. Atravesar la barrera y romper el himen es un gozo para Diego imposible de describir. Sara se revuelve alterada, lloriqueando ante las primeras embestidas tan duras, quejándose por el dolor. Trata de apartarse, pero Diego la calma inmediatamente con un par de fuertes palmadas en su trasero.

  • La polla entra y sale de su vagina en consonancia con los dos dedos que ya le ha introducido en el ano. Diego comprueba que lo que era un pequeño asterisco fruncido es ya un agujerito dilatado en el que no se aprecian los pliegues . Decide que es suficiente dilatación; aunque su polla es grande, la deliciosa sensación de tenerla muy apretada por su anillo rectal es algo que le enloquece.

  • Presiona el ano y va embutiendo la verga despacio. Sara es incapaz de relajarse, se tensa y su ano se comprime provocando más placer en Diego, que trata de controlarse para no metérsela frenéticamente y romperle el culo. No es que le produzca mucho pesar hacerlo, ya le ha roto el culo a muchas chicas en muchas ocasiones llevado por el arrebato. La razón de su cuidado no es otra que la de no estropear el género para que luego puedan probarlo sus tres socios del puticlub. Sara es bonita, rubia y con pechos grandes, seguro que les encantará a sus clientes.

  • Ya la tiene toda dentro… Espera unos segundos. La saca un poco y la vuelve a meter, y así sucesivamente. Cuando nota que Sara parece más calmada la saca por completo y va alternando entre ambos agujeritos estrechos. El hecho de que Sara sea una de sus hijas secretas y que él mismo, su padre biológico, sea el que la está desvirgando y sodomizando le provoca un perverso placer y un inmenso apetito venéreo.

  • La chica deja que esa polla invasora se clave por donde su tutor decida. Mientras Sara cierra los ojos y se entrega a Diego, resignada y trémula, hasta que éste se corre en su vagina, Blanca abre los suyos y despierta a la realidad. En su huída por el jardín, tropieza con Cyril.

  • -No quiero volver con esos hombres, no me gustan –la chica, hipando y sorbiéndose los mocos, se abraza al joven-. Y… Y él está con Sara, quiere a Sarita, no quiere que esté a su lado, y no sé por qué, no sé qué he hecho mal. No quiero estar aquí. Ya no me gusta este sitio, quiero irme de aquí.

  • -No pasa nada, no llores. Shhhhh… Calla. No armes un escándalo. Confía en mí, yo te ayudaré. Espérame en la casita del jardín. Dentro de unas horas pasaré a buscarte y nos iremos, no te muevas de allí.

  • Madame Fiorela avisa a Desiré de que tiene un nuevo cliente. Desiré es su nombre de guerra, ya ha olvidado el que tenía antes… Ahora tiene treinta y tres años, pero sus ojos son viejos, han visto demasiadas cosas… su mirada ha perdido el brillo de la inocencia, la frescura de la juventud se le apagó hace mucho tiempo y, por intensa que sea la sombra de ojos y la máscara de las pestañas, es imposible disimular ese velo marchito que opaca la luz de sus ojos. Quince años lleva siendo Desiré, quince años recluida en un puticlub ejerciendo la prostitución es mucho tiempo, demasiado tiempo…

  • -Por fin te encuentro… Nunca he dejado de buscarte, nunca. Desde que conseguí escapar de este mundo oscuro he revuelto cielo y tierra hasta encontrarte. Debimos irnos aquella noche, huir cuando tuvimos la oportunidad, pero confié en quien no debía y pensé que no sería capaz de convencerte para que huyeras conmigo. Diego te tenía hipnotizada con su falso encanto, igual que me fascinó a mí, hasta que me di cuenta que todo había sido un engaño. Nuestra vida, todo lo que nos enseñaron, era una falacia, pero ahora volvemos a estar juntas, Sarita.

  • -¿Blanca? ¿Eres tú de verdad o estoy soñando? –Tampoco la hubiera reconocido, ambas han cambiado demasiado. Una lágrima negra de rimmel resbala por la mejilla de Sara, ahora conocida como Desiré. Finalmente se abraza a su amiga.

  • -Me las he arreglado para que en unos minutos salten las alarmas anti-incendios –le explica Blanca-, en el barullo podremos largarnos de aquí sin que se enteren. Ponte este calzado más cómodo y esta ropa más discreta.

  • No fue difícil sabotear el avión y simular un fatal accidente. Diego desapareció, se esfumó estallando en pedazos en el aire y así, de esa manera, aceleró la culminación de su gloria. Con su padre muerto, ahora Cyril es el primero. Rey muerto, rey puesto.

  • Un par de años después del encuentro de Sara y Blanca, el señor Theodoridis, Cyril Theodoridis, luciendo un maravilloso abrigo nuevo recién estrenado, un modelo exclusivo de color negro de lana fría de la colección Armani, acudía a la Academia Vestal con la intención de llevarse a Marina, una preciosa jovencita de cabellos claros, sonrisa fácil e himen intacto.



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